jueves, 13 de junio de 2013

CAPITULO 2.



En la asamblea sabios venidos desde lugares remotos, hablaron sobre rumores que circulaban por las tierras de Purgana; se trataba de un nuevo imperio que crecía incontroladamente en las tierras del sur. Su rey se hacía llamar Sheron. Contaban que su raza era distinta a la nuestra, que eran superiores, que poseían habilidades de lucha nunca antes vistas en ningún otro lugar. Que haya donde ponían el hacha, espada o arco sembraban el horror, y que allí por donde pasaban teñían la tierra de negro.
Averiguamos que la batalla en la cual el rey, mi padre, falleció y así como el los otros muchos fue causada por Sheron.Que sus hombres tan solo fueron unos pocos emisarios que en señal de que pronto nuestras tierras también serian invadidas envió, como aviso. Muchos de los en aquella asamblea presente estaban dijeron que lo más sabio seria rendirse, pagar los tributos que Sheron pedía y postrase ante él, que preferían eso antes que la muerte, a lo cual yo no pude contenerme y respondí: -Si he de morir será luchando, no por rendición, quiero ver crecer a mi pueblo libre, no perderé en un suspiro lo que una vida tarde en construir, sí he de vivir no será mendigando, no quiero ver a mi pueblo adorando a un falso rey.
Muchos de los reunidos pensaron lo mismo que yo, que no dejarían pisotear ni sus tierras ni su honor, dijeron que no soportarían que vendieran a sus hijos y a sus mujeres, ni verse a ellos mismos esclavizados  y que las vidas ya perdidas no habrían sido en vano. Intentaríamos unidos a los  pueblos más cercanos, o incluso pueblos que hasta ahora habían sido enemigos, pero que ahora unidos por una misma causa lucharíamos unidos.

Cuando volví a las calles de Icering  las gentes se aba lanchaban contra mí, no era de extrañar pues todos sabían que cuando los sabios se reunían en asambleas de algo malo se trataba, se veían en peligro y yo no tenía derecho a ocultarles lo que pasaba pues al final era a ellos a quienes les incumbía, asique me dirigí a la plaza del poblado y subido a una piedra les conté a mi pueblo todo lo hablado en la asamblea, puede que a algunos les pareciera mal dado a que las asambleas  eran secretas pero como ya he dicho me parecía que esto era de la incumbencia de todos y más que de nadie de ellos, del pueblo.
La gente se alboroto, ruido, llantos, lamentos…nada que no me esperase, la verdad. Todos los hombres de Icering no eran guerreros pero si que teníamos un buen ejército, a pesar de eso herreros, leñadores, mineros y hombres que desempeñaban todo tipo de oficios quisieron luchar, por ellos, por sus antepasados, y por sus hijos y mujeres. Algunos hombres se quedaron en el poblado defendiéndolo todos los demás partimos al lugar donde hace mucho tiempo atrás todos los pueblos de Purgana se reunieron para también combatir a un gran enemigo, ese lugar no había sido pisado desde entonces, pues se tenía como lugar mágico peligroso a los ancianos les aterraba y a los niños se les prohibía ir allí con cuentos y leyendas que los asustaban y aterraban.
Tras tres largos días a caballo y dos esperando a los demás poblados por fin estamos todos reunidos. Éramos veintitrés pueblos, veintitrés pueblos preparados para luchar, para matar y para morir. Mientras los hombres cazaban, practicaban con las espadas y demás los reyes de esos veintitrés pueblos nos reunimos,entre ellos estaban Agathor rey de Zalandra y Zhylen rey de Argor las dos mayores ciudades de todo Purgana.

sábado, 1 de junio de 2013

CAPITULO 1.


El sol se alzaba rojo, señal de que la noche anterior se había vertido sangre.

Éramos pocos los hombres que seguíamos en pie, y pocos los caballos con fuerzas para caminar. En aquella mañana fría se respiraba el humo de la feroz batalla que aún perduraba, todo lo que nuestra vista conseguía percibir eran restos de destrozadas catapultas, fuego y hombres; derrotados y abatidos que yacían en el suelo,  habían dado su vida por aquellos a quienes querían y por defender aquello en lo que creían y sin ningún tipo de reconocimiento aquellos nombres serian olvidados. No podíamos llevarlos a sus casas pues eran un largo camino y apenas teníamos fuerza para montar, así pues decidimos quemar sus cuerpos y rezar a sus almas.

Tras tres días a caballo, en los cuales perdimos a la mayoría de hombres  que habían sido heridos, conseguimos llegar a Icering. Allí aguardaban nuestras mujeres y niños.

Darles la nueva  me resulto más duro de lo que pensé, ver como sus ojos se humedecían, como caían al suelo empujados por la pena y nostalgia, y oír sus llantos, fue como volver a presenciar sus muertes en aquel desdichado campo de batalla. Los próximos días en el poblado fueron los peores desde que tengo uso de memoria, nadie hablaba, todo se tiño de oscuridad y sombra.

 

 

He olvidado presentarme, soy Grages, príncipe de mi pueblo, un pequeño y remoto lugar al otro lado del bosque, situado en la tierra de Purgana.

Nuestro pueblo no destaca por sus raudos guerreros, la belleza de sus mujeres o su oro, realmente no somos un pueblo muy conocido, para grandes ciudades como Zalandra o Argon no somos más que una pequeña mancha en sus grandes mapas. No creamos problemas ni nos gusta inmiscuirnos en ellos; si es verdad que solemos tener enfrentamientos con otros pueblos cercanos, pero nada serio.

Si de algo estamos orgullosos mi pueblo y yo, es de eso precisamente, de nuestra paz, de la tranquilidad que se respira y de nuestra serenidad.

Rezamos a un solo dios ,Anivia, no conozco demasiado su historia pues nunca he sido muy religioso, sé que es el dios de la noche, algo contradictorio pues nuestro pueblo hace mas referencia al día pero es algo que nunca entendí y la verdad sea dicha tampoco tenía mucho interés en saberlo.

 

Volviendo a la  cruda realidad y a la triste frialdad en la que ahora se encontraba mi pueblo, los sabios decidieron hacer una asamblea, eran privadas y nadie excepto los miembros del consejo podían acudir a ellas, nadie excepto el rey  claro. Por primera vez en los veinte años que tenia pude acudir a una, lo había deseando desde que supe de su existencia y ahora que por fin tenía la oportunidad no quería, supongo que sería porque aceptar la invitación seria como admitir la muerte de mi padre, que desgraciadamente también murió en aquella triste y absurda batalla.

Así pues acudí a la asamblea con la cabeza gacha y con el nuevo título de rey que se me acababa de otorgar.